El reinado de Nadal sigue inexpugnable

Nada que objetar al intento de proeza llevado a cabo por el tenista griego. No es fácil ganar a Rafa en tierra. O en su club. Por eso en una final como la de hoy nadie lo ha hecho todavía. Doce finales, doce trofeos. Para el tenista nacido en Atenas era la segunda vez que pisaba la tierra del RCTB-1899 en la última jornada. Pero esta vez tampoco pudo asaltar un reinado que sigue inexpugnable.

Lo de Tsitsipas es un nuevo peldaño que escala. Los hay que quieren que progrese más rápido. Que arrase en cada torneo. Que desbanque de una vez a Djokovic, que desplace a Nadal, que entierre a Federer. Pero si la pandemia ha enseñado algo a esa sociedad que tan rápido consume es que hay cosas que es mejor cocinarlas a fuego lento. Por eso la receta del griego puede resultar poco más que un aperitivo para algunos. Pero no deja de progresar. De ascender, a todos los niveles. Mejores golpes, más tesón, mejor estrategia y ese saber estar en la pista, como algunos de los ‘mayores’ que seguro que idolatraba de pequeño, que le permite atemperar. No precipitarse. Y jugar bolas decisivas como si no le fuera la vida en ello. Como esos funambulistas que logran llegar al otro lado sin caerse. Y sin red.

El griego ya sabe lo que es ganar torneos al aire libre y también en indoor. Torneos ATP 250, 500, 1000 y toda una Copa de Maestros a la que sólo llegan los ocho mejores del año. También ha sabido tumbar a Rafa, a Djokovic y a Federer. Y, asentado entre los diez mejores, promete seguir regalando grandes tardes. Grandes remontadas. Grandes hazañas. Pero lo de ganar al mejor jugador del RCTB-1899 en su propia casa tendrá que intentarlo en próximas ediciones. Porque ganar a un jugador que lleva ganadas 50 de 56 finales disputadas, sumando Montecarlo, Barcelona, Roland Garros, Madrid y Roma, siempre será una cima difícil de alcanzar.

Esta vez Nadal lo ha logrado con todos los quilates que los espectadores esperaban y merecían. Incluso con los momentos de tensión que alimentan las mejores batallas. Como esas películas en las que el espectador no sabe, hasta el final, cómo acabarán. El problema para muchos de los que le ven al otro lado de una pista de tierra batida es que el director de esa película suele ser el propio Nadal. Y es él quien dicta el final. Muchos habrán abandonado apenados las instalaciones del RCTB-1899 porque toca esperar todo un año para poder verle. Pero hay consuelo. En la retina, en el baúl de los mejores recuerdos, quedará el partido de hoy. Otra de esas batallas imborrables, ilustres, épicas, sin borrones. Otra que habrá que contarle a más de un incrédulo, a más de un despistado. Sin poder ocultar la sonrisa que arranca el mejor jugador de la historia sobre arcilla. Sí. Rafa volvió a hacerlo.

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