Tenis y literatura, más allá de Sant Jordi

Decía Martin Amis que el tenis es «la combinación más perfecta de la forma física, el arte, el poder, el estilo y el ingenio». Con estas elogiosas palabras el escritor británico reflejaba la estrecha relación que tenis y literatura han mantenido a lo largo de los años, y que hoy se repite con la conjunción de las semifinales del torneo y la diada de Sant Jordi, la más literaria de todo el año.

Son muchos los autores que han combinado las letras con la raqueta, comenzando por Javier Cercas, un habitual del torneo. El autor de «Soldados de Salamina» disputó varios torneos durante su juventud y  llegó a soñar con dedicarse profesionalmente a este deporte. El cacereño, que este Sant Jordi presenta «El Castillo de Barbazul», ha afirmado que el tenis le enseñó el valor de la disciplina, y también que tenía una buena derecha. «Todo lo que yo sé sobre moral lo aprendí jugando al tenis», afirmó en su día, parafraseando a Camús.

Más profunda aún fue la relación del malogrado David Foster Wallace con el deporte de la raqueta. El controvertido escritor estadounidense jugó al tenis en su juventud, entre los 12 y los 15 años. Wallace se consideraba «un tenista junior bastante bueno», y alcanzó el puesto 17 en el ranking tenístico del medio oeste, experiencia que le dejó un poso de afición por la raqueta que se refleja en toda su obra, y especialmente en la mastodóntica y conocida «La broma infinita». Asimismo escribió varios ensayos tenísticos, algunos publicados en castellano como «El tenis como experiencia religiosa», donde se adentra en el US Open así como en la rivalidad entre Rafa Nadal y Roger Federer. 

El tenis también aparece en la poliédrica biografía de otra gran pluma, Vladimir Nabokov. El autor de ‘Lolita’, nacido en Rusia en 1899 en el seno de una rica familia de San Petersburgo, disfrutó durante su infancia de una educación de alto nivel a cargo de institutrices inglesas y francesas. Pero la revolución rusa y el exilio le expulsó de aquella vida idílica. Nabokov se vio obligado a ganarse la vida con varios trabajos, entre ellos dar clases de tenis durante su estancia Berlín. Un periodo que supuso un paso atrás en su escala social, aunque como contrapartida propició el encuentro con su futura esposa, Vera, otra rusa exiliada como él.

La afición por la raqueta también se esconde, disfrazada de casualidad, en el origen de una de las novelas más conocidas de las últimas décadas: ‘El señor de los anillos’. Su autor, el sudafricano J.R.R Tolkien, era un gran aficionado al tenis, deporte que practicó durante sus años en Oxford. Pasados los 40 años, y en un partido con Angus McIntosh, 22 años más joven que él, Tolkien se torció el tobillo, lo que le obligó a permanecer en reposo durante una temporada. ¿A qué dedicó este tiempo? A trazar las líneas maestras de ‘El hobbit’, la obra que dio pie a la Tierra Media y la épica aventura para destruir el anillo de poder.

Menos casual es la relación con el tenis de autores como J.R. Moehringer o John Carlin, autores respectivamente de las biografías de Andre Agassi («Open») y Rafael Nadal («Rafa, mi historia»), dos piezas aclamadas que ofrecen el lado más humano de unos deportistas que, en la soledad a la que se enfrentan durante los partidos, han alimentado con la poética del tenis las páginas de muchos grandes libros.

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